¿Quieres pololear conmigo?

Iba todo bien. Esta era una pareja común y corriente. Una chica tradicional y un chico tradicional que se pusieron a andar una tarde de marzo. La relación iba viento en popa, y él decidió ir un paso más allá y pedirle pololeo.

Tenía todo listo. Ella venía de provincia a un festival de música, en aquel tiempo en que todavía eran buenos.

Pero, a ver, vamos a tirar algunos nombres en esta historia, de fantasía, obvio, para proteger a los involucrados. A él le vamos a poner José, porque me contaron que odia los nombres religiosos, y a ella le vamos a poner Jacinta, porque creo que es un nombre que combina muy bien con su origen campesino.

La cosa es la siguiente,  José se preparó durante toda la semana para pedirle pololeo a la Jacinta. La fue a buscar al terminal de buses y la llevó a su casa, donde la estaba esperando con un rico desayuno. Pero el chiquillo no contaba con que la noche anterior los amigos con los que vivía iban a organizar un carrete de aquellos.

Gente durmiendo en el suelo fue el saludo de bienvenida con el que se encontró la Jacinta, pero ¿saben qué? No le importó, porque chiquilla sureña, chiquilla relajada y con buen sentido del humor.

 José la invitó a dejar mientras tanto su bolso en la pieza, ¿y qué pasó? La puerta estaba cerrada, pero por dentro. En el nerviosismo de no entender qué pasaba, José comenzó a golpear. Después de varios intentos, sale un joven con la ropa recién puesta y sobre su cama, una chica desnuda. La desesperación de José fue tanta que quedó sin palabras. En cambio Jacinta, en un acto de solidaridad femenina se acerca a la chiquilla en cuestión y la ayuda a buscar su ropa. La chica sale de la pieza media tambaleante producto de la borrachera y se acuesta a dormir en el suelo, porque su joven adonis ya había ocupado el sillón como un digno caballero.

¿Y qué creen que pasó con nuestra pareja de enamorados? Cuento corto, horas más tarde José le pide pololeo a la Jacinta y, entre risas, ella le dice que sí.


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